Descripción
La narrativa de Gustavo Grosso siempre le hace caricias a la infancia. Mira para atrás para contar, con encanto consecutivo, lo que dura para siempre. Debe ser por ese afincamiento en las niñeces que su capacidad de contar recupera los mejores juegos y, juego entre los juegos, se hamaca. Se hamaca de allá para allá, y para acá y para más allá también. Hamacarse o, en verdad, saber hamacarse- es un arte y Gustavo es un artista. Pero hamacarse también es disponer del aire y del tiempo. Y este libro es muchas cosas y, sobre todo, un vaivén sobre los aires profundos del fútbol y una hamaca arriba del tiempo.
Lo recontra dominan quienes son futboleros y futboleras como Gustavo: el fútbol constituye una memoria. Una memoria eslabonada por muchas memorias: el día en que tal hizo tal cosa, el día en que ganamos abajo de una lluvia como ninguna, el día en que perdimos y dijimos que no íbamos a volver jamás pero volvimos, el día en que Diego mil veces Diego, el día en que Lionel mil veces Lionel, el día del cabezazo igual al día de aquel otro cabezazo, el día en que mi viejo me explicó, el día en que una fiebre me hacía tiritar pero no tanto como por ese partido.
A veces, el olvido se cree vencedor pero trabajos como el de Gustavo le cachetean esa soberbia. Aire y tiempo transformados en excelente literatura para aprender y para refrescar, para conmoverse y para conmover. A jugar, entonces. A hamacarse entre las bellezas y los goles de este libro que, precisamente, es un libro de goles y de bellezas.
Del prólogo de Ariel Scher
